Colaboración. Margaret Atwood: Nada se acaba

Idioma original: Inglés 
Título original: Life before man 
Traductor: Miguel Temprano García 
Año de publicación: 1979
Valoración: Recomendable (con matices)

Esta novela, finalista del Governor General’s Awards del 1979, me ha gustado. Exhala sensibilidad, sabiduría y lirismo, la prosa es ágil pero compleja, las escenas, inteligentes y conmovedoras, los personajes redondos... Nos acuna mientras nos traumatiza: la separación no sólo rompe familias, sino personas; los triángulos amorosos se expanden, tres vértices se quedan cortos; nadie logrará jamás conocerte del mismo modo que tú crees conocerte... Es innegable que este libro tiene muchos logros. Y, sin embargo, pienso que su ejecución podría haber sido más acertada. 

Nada se acaba gira en torno a un matrimonio agonizante. La relación de los casados, Nate y Elisabeth, es cada vez más tensa; atraviesan dudas, rencores, autoengaños, infidelidades, penitencias, incoherencias. Elisabeth estuvo con varios hombres. Nate, después de tener a una amante, se enamora de Lesje, con la que empieza una aventura. 

Los pensamientos de los tres personajes principales son fascinantes, pues son muy humanos. Empatizamos con ellos. Además, fluyen orgánicamente. En un capítulo, por ejemplo, Elisabeth banaliza el que Nate vaya a dejarla, mientras que más tarde admite que no quiere ser abandonada. O Nate, que ama a sus hijas, va a reprocharles que son lo que le ata a su mujer. Lesje se da cuenta, demasiado tarde, de que prefería la rutina de alguien a quien no quería a las incertidumbres que surgen por estar con Nate. 

Sus conflictos tienen repercusión, y ellos lo saben, de modo que no siempre toman decisiones egoístas, como haría un protagonista de Ray Loriga. Encima, tienen el dilema de no saber qué es justo, pues no comparten la definición de esa palabra, los matices y los intereses lo relativizan todo. 

Lo que les pasa a estos personajes es que no dejo de verlos como eso mismo; no son personas. Todo lo que dicen, piensan y sienten parece trascendente. Son muy humanos, ya lo he dicho, pero monotemáticos: tristeza, dolor, angustia, melancolía... ¿Acaso una persona no puede experimentar más cosas? ¿Por qué nunca logran nada sin sentir inmediatamente culpabilidad o arrepentimiento? Sólo podemos empatizar con la parte del espectro sentimental más emo.

Y, ya puestos, ¿sus diálogos y acciones deben ser tan solemnes, tan descaradamente significativos? ¿No pueden respirar, tomarse un café o darse un baño, sin que eso sea tan imprescindible, tan memorable? Son personajes, no personas, porque no hay nada de banal en ellos, nada de cotidiano.

Creo que la autora podría habernos hecho padecer más por ellos si no nos hubiera anestesiado con más de 400 páginas de lo mismo, de vulnerabilidad, de sufrimiento, y si hubiera puesto un marcado contraste entre esos momentos oscuros y algunos más felices.  

La mayoría de secundarios desfilan con la cabeza bien alta. Cada uno de ellos es relevante para el argumento, y muchos son meticulosamente caracterizados. Muriel, la tía de Elisabeth, es mi favorita: está definida desde el principio y aún y así es imprevisible.

Acabaré diciendo que es la primera novela de Atwood que leo y que, pese a lo que he señalado, me ha despertado el apetito. No voy a esperar mucho antes de hincarle el diente a otra de sus obras, pero tampoco os voy a mentir: cruzaré los dedos para que haya algo más de alegría e intrascendencia en sus personajes, además de variedad en el tono global del libro. Mis exigencias se deben a que no veo a esta escritora, pese a no haber tenido más que una toma de contacto con ella, como puro entretenimiento (al fin y al cabo es candidata al Premio Nobel, y eso sigue significando algo, ¿o quizás ya no?), y por eso me gustaría disfrutarla en su plena potencia. Aunque claro, tampoco es que un mindundi como yo esté necesariamente en lo correcto... 

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Firmado: Oriol Vigil

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